Lluvia interior

Lluvia interior

– Ya tía, no hace el mejor día pero ya tengo las mallas puestas. Jajaja siempre me dices lo mismo cuando me las pongo, al final me lo creeré. Mejórate Adela. Chao.

Estaba gris pero hacía buena temperatura y eso a Ruth, le gustaba. Demasiado. Tras la liturgia de atarse por segunda vez los cordones, estirar suavemente, salir de casa, cerrar con llave la verja y guardarsela en el bolsillo interior de sus mallas salió trotando por la urbanización rumbo a la pista forestal de su entrenamiento largo. El aire traía olor de tierra húmeda y romero mojado y con el olor aparecieron las primeras finas gotas.

– ¡Hasta luego mamá! (gritó)
– Buf, cómo me voy a poner (pensó).

Ruth empezó a sentir la humedad. Sus auriculares remataban el tema “Eyes of tiger”, su favorito para comenzar la sesión y notó que su cuerpo estaba en ese momento lo suficientmente caliente. La pista que se empinaba a medida que arreciaba el agua. A los diez minutos estaba empapada y pensó que al llegar al campo del tío de Adela se guarecería en la vieja casa de piedra que todavía quedaba en pie.

– No, no creo que caiga gran cosa. Dame las llaves que llevo el reparto antes de que se ponga a caer buena.

Héctor cogió las llaves al vuelo que le tiró su padre. La caja de carga de la kangoo iba llena de cestos de pan. Así que colocó la bandeja de caracolas de chocolate en el asiento delantero. Arrancó, salió del garaje de la panadería y dejó el pueblo por la pista forestal para hacer su reparto diario en la urbanización. Dos curvas, una recta larga, una subida, una casa de piedra a cien metros y de repente el limpiaparabrisas que deja de funcionar. En la pantalla emborronada por el agua de su parabrisas vio un personaje cabizbajo y fugaz que se deslizaba bajo el agua con rumbo a aquella casa sin puerta.

– Papá, que nada, que ha terminado de cascar el limpia. Esperaré a que deje de llover, no puedo continuar así. Vale, te aviso, no te preocupes.

Y pensó que se cogía una caracola para hacer tiempo, y pensó que mejor un pastel de manzana y pensó que mejor un merengue y pensó que mejor invitaba a la sombra a uno de ellos. Cogió dos de los de café, usó el chubasquero a modo de capota y cruzó cabizbajo y fugaz los 20 metros del coche al dintel de la casa. Se quedó parado allí.

– He visto el coche, sabía que eras tú.
– He visto entrar a alguien, quería que fueras tú.

El tejado de pizarra agrietada y cañas destilaba gotas de lluvia. Remojaban el pelo de Ruth, repegaban la camiseta naranja a sus curvas, empapaban aún más sus mallas piratas. Moldeaban los rizos secos de Héctor para alisarlos poco a poco. Sus anchos hombros hacían de paraguas para el resto del cuerpo. Los dos pastelitos de merengue eran el único toque absurdo de la situación.

Revoloteaba en la estancia el recuerdo de las últimas fiestas del pueblo, cuando estuvieron hablando toda la noche deseándose pero no atreviéndose. Cuando, al llegar a casa, cada uno, sin saberlo el otro estuvieron meditando sobre la estupidez humana y el origen de la vergüenza.

Esta vez no hubo palabras. Esta vez ella se giró pero no para irse. Se dirigió a uno de los rincones de piedra de la estancia.

– ¡Bonitas mallas!
– Sí, eso dice Adela.

La camiseta desapareció de camino al rincón. Las mallas gris claro moteadas de gotas de barro cayeron hasta las rodillas con dos contoneos de cadera. Se aferró a ambos tabiques que conformaban el rincón. Sintió la humedad de las piedras, la del techo, la del suelo de tierra, la suya. No miró hacia atrás.

Héctor decidió hacer partícipe aquellos elementos descontextulizados integrándolos en hombros, nuca y cuello de ella. Y, tal y como había pensado, decidió comérselos y compartirlos con Ruth.

Al olor de lluvia se le unió el de café con azúcar. Las manos de ella quedaron entre la roca y las de Héctor. Su cuerpo atrapó al de Héctor que se le unió por detrás. Quedaron así meciéndose hasta que desapareció el dulce pastel por la labor erosiva de la lengua de Héctor. Dos gotas cayeron por las ingles de ella hasta absorverlas sus mallitas. Al goteo frío que notaba en su espalda se le unió uno más cálido. Un grito lejano de la tormenta quedó apagado por el grito atronador de Héctor.

Se vistieron con ropas embarradas. Se intercambiaron ideas de excusas para padres. Dejó de llover. Se dieron dos besos de desconocidos.

Dijeron adiós. Entre ellos. A su vergüenza.

Esteban Morales

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