Bajo plumas

Bajo plumas

No puedo más, le dijo sonriendo. Pero ella no le creyó. Su incredulidad le movió a volver a tapar con el edredón sus cuerpos desnudos. Dejó solo sus cabezas sin abrigar, solo un instante. Todavía notando en corazón golpear en el cartílago del esternón se escurrió hacia adentro y dejó al cargo de la almohada solo la de él. Ahora vuelvo, dijo ella.

Se fue, se escondió debajo del nórdico cual niña traviesa y puso su menudo pálido cuerpo encima del de él. Sus pequeños pechos quedaron a la altura del estómago de él y comenzaron a rozarlo mientras besaba sus bien trabajados pectorales. El olor a sudor y sexo masculino zanjado le excitaba. Y aquella improvisada favela con techo de pluma de oca era el lugar ideal. “No me avises”, le dijo.

Besó su pecho y cogió sus fuertes manos que colocó con cuidado entre el pelo y su nuca. “No me sueltes”, le dijo con pícara sonrisa que él no pudo ver. Fue la última sonrisa antes de acabar lo que había empezado. Con la sonrisa cogió aire y se zambulló por completo en su cuerpo. Besó su vientre por encima del ombligo y mordió sus costillas flotantes. Las dos. Le gustaba cómo se estremecía él a punto de echar una carcajada cual niño al que le hacen cosquillas. Pero no escuchaba risas del mundo exterior, sino suspiros y pequeños resoplidos.

Con su lengua buscaba el fondo del ombligo. Llenó de saliva y jugueteó con ella y sus dedos a comprobar el principio de Arquímedes. Se le venían esas cosas a la cabeza en plena excitación y se preguntaba mientras lo hacía qué pasaba por la cabeza de los grandes científicos mientras hacían esas cosas. Efectivamente, la cantidad de saliva que evacuaba el ombligo era equivalente al volumen de lengua que introducía ella. No quedó ni gota allí. Ni allí ni en los alrededores porque se esmeró en limpiarlo todo bien limpio cual gatita acicalando cuerpo ajeno.

Durante la comprobación empírica sus pechos permanecieron en los muslos de él. Pero de los muslos cayeron poco a poco hasta las rodillas. El principio de Arquímedes iba a ser ratificado de nuevo pero a la inversa. Las manos sujetaron firmemente la nuca.

Fuera él notó que algo envolvía su virilidad. Cerró los ojos y vio la frase escrita “No me avises”. Debajo del edredón y dentro de algo húmedo y sedoso notó cómo crecía todo y a medida que crecía se hizo todo enorme: el placer, el deseo, el calor y las fuerzas con que rodeaba la parte posterior de la cabeza de ella. Cuanto más le apretaba más presión y suavidad notaba allí. Nunca había sentido nada parecido. Abrió los ojos para ver el bulto en la tapadera de la cama. Echó la cabeza hacia atrás para sentir el olor que desprendía su propio placer. Escuchaba la excitación de ella que crecía cuanto más notaba que llegaba el final. El tacto de su melena y el vaivén de su cabeza le iba a hacer estallar en instantes.

Le puso los dedos en la boca, los lamió y se los llevó a la suya. Notó cómo se le tensaban los dedos de los pies y se le apretaban los abdominales. Su cuello se puso tenso y las venas de la sien le ardían. No le avisó. Hubo diez segundos de vacío temporal que se intercambiaron por brutal placer a espasmos.
Silencio.

Sonaban las persianas de la ventana, un silbido reclamando a un perro y las bombonas de butano.

Ella salió sonriente, graciosa, triunfal. Y le dijo… “No puedo más”

Esteban Morales

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